Rubén Castillo: «Poner lágrimas al desgarro es el primer peldaño; ponerle palabras, el definitivo»

Rubén Castillo es un escritor nacido en Murcia que ha publicado, entre otros libros, Los días humillados o Hegel en el tranvía. Su última obra, editada por Baile del Sol, es Muro de las lamentaciones, una recopilación de 14 relatos en los que el autor utiliza, magistralmente, una mezcla muy interesante de estilos: puedes leer un cuento que nos traslada al Siglo de Oro (un “divertimento cervantino”, como él lo denomina) y, al pasar la página, tal vez encuentres una guía con las claves para construir de manera eficaz un relato.

Con una admirable prosa, este profesor de Lengua y Literatura Castellana recoge de manera brillante el dolor y la desesperanza. Su escritura camaleónica convierte esta obra en un libro imprescindible, en el que cada precisa palabra aguijonea al lector y lo sumerge en un mundo de seres heridos.

Rubén Castillo nos habla del recuerdo y de la muerte, del fracaso y del éxito, y, sobre todo, de la vida.

Fotografía Rubén Castillo
Rubén Castillo.

¿Por qué el título Muro de las lamentaciones?

Me pareció que resumía bastante bien el espíritu del conjunto. Todos los personajes han de enfrentarse en estos cuentos a sus fracasos, a sus dolores, a sus decepciones. Y una de las primeras formas de hacerlo consiste en verbalizar esos sentimientos. Poner lágrimas al desgarro es el primer peldaño; ponerle palabras, el definitivo.

En uno de sus relatos aparece la siguiente afirmación: «Recordar es terrible, ahora lo sé; recordar es fabricarse una muerte multiplicada». ¿Es necesario recordar?

Yo creo que recordar forma parte del tratamiento del dolor, porque supone revisarlo, diseccionarlo y aprender sus detalles. La amnesia no se me antoja un método eficaz de enfrentarse a los traumas. Recordar es terrible, sí. Pero es necesario.

¿Somos alguien sin un pasado?

Sin pasado somos sustancia hueca. Meros monigotes. El pasado nos conforma; y sospecho que a partir de una cierta edad ya solo acumulamos accidentes, en el sentido aristotélico. La sustancia, el núcleo puro, la esencia, está escondida debajo. Encontrarla y cuidarla es el gran proyecto.

¿Cree que la vida es sufrimiento e injusticia?

La vida es sufrimiento, y felicidad, y fracaso, y plenitud. El problema es que tendemos a recordar más los instantes amargos y eso nos puede desvirtuar la visión de conjunto. Quien sufre necesita rebozarse durante un tiempo en su dolor, para conseguir luego escapar de él. Pero, sobre todo, tenemos que olvidarnos de aplicar a la vida adjetivos como “justa” o “injusta”. La vida no se mueve por patrones humanos. Es inexorable. Ya está.

En sus relatos predomina una visión gris. ¿Es esa su opinión sobre la vida?

No, no, de ninguna manera. Yo creo ser una persona feliz: tengo un trabajo que me gusta mucho, estoy rodeado de una familia preciosa, atesoro miles de libros y me asaltan poquísimas ambiciones. Tengo todos los ingredientes necesarios para ser feliz. Mis personajes, por lo que sea, no.

Ha dicho que es feliz. En la obra se afirma que «la felicidad es un don precioso que la vida pone en nuestras manos siempre que queramos cogerlo, y que resulta insensato desdeñar por orgullo». ¿Alguna vez ha dejado escapar la felicidad por orgullo? ¿La felicidad es cuestión de azar?

A la primera pregunta responderé con contundencia: no. Jamás he dejado que el orgullo interfiera en mi vida: ni en mis relaciones amorosas, ni en la amistad, ni en la literatura, ni en nada. El orgullo es un error. En cuanto a la segunda, creo que la respuesta es igual de contundente: sí. ¿Qué no es azar? Conocemos a la persona amada por azar, se nos ocurren historias por azar…

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Portada. Foto: agapea.com

Un personaje dice en el libro que «todos somos, tarde o temprano, fracasados sin redención». Es una afirmación muy dura. ¿Está de acuerdo con ella? ¿No existe el éxito?

No, no, claro que no estoy de acuerdo. Mis personajes o mis narradores son entes autónomos y, por tanto, disponen de su propio criterio para emitir frases. Yo creo en el éxito basado en la serenidad, en la aceptación de tener claro quién eres, hacia dónde caminas y por qué.

Como dice uno de sus personajes, «la derrota es una costumbre que conviene aceptar con mirada serena». Con el paso de los años, ¿se aceptan mejor las derrotas?

Deberíamos hacerlo, ciertamente. Aceptar las derrotas es un ejercicio de sabiduría. Si no somos cada día más sabios, es que no hemos sabido caminar por el buen sendero.

«Hay instantes en la vida de un hombre que este no puede olvidar aunque lo pretenda, porque se graban en el lago subterráneo de su memoria, y de ahí no hay quien los difumine». ¿Cuáles son los más difíciles de borrar: los buenos momentos o los malos?

Los malos, sin duda. Son más pertinaces, más severos, más indelebles. Sobre los buenos momentos aplicamos una deformación embellecedora: los sublimamos. Pero sobre los malos no somos capaces de aplicar erosiones: son de mármol.

Entrevista Rubén Castillo La Opinión
Entrevista en La Opinión

También encontramos esta afirmación: «El sexo, según entiendo yo, es como la vida: cuanto menos esperes de él, mejor». ¿De la vida es mejor no esperar nada por no ilusionarse?

Creo que la postura más inteligente consiste en ilusionarte con las cosas que la vida te da. Muchas veces nos aflige la sensación del fracaso por haber querido (y no haber obtenido) aquella fruta altísima del árbol, sin ver que teníamos muchas jugosas a nuestro alcance.

Algunos de sus cuentos están relacionados con el proceso de escritura y en uno de ellos dice que «escribir es una tarea en la que el primer paso siempre es el más complejo de dar». Es muy conocido el miedo al folio en blanco. ¿Algún consejo que dar a quien desea escribir?

Los miedos, las vacilaciones, los temblores, las dudas son inevitables para una persona que empieza. A escribir o a lo que sea. Yo conjuro el miedo al folio en blanco de un modo que me da buenos resultados: no me siento a escribir hasta que los detalles de la historia no se han ordenado en mi cabeza. Cuando esa relojería ya funciona bien, cuando todas las piezas encajan, es el momento de ponerme a redactar.

El relato con el que más se haya divertido o el que más le haya gustado de Muro de las lamentaciones.

Todos son hijos míos y por todos siento afecto. Me divertí mucho con “Dos cuentos para que usted los escriba”, pero no negaré que siento una especial inclinación por los dos últimos que escribí: “Las lágrimas de Gontard” y “La soledad del pájaro dodo”.

Un libro que recomiende.

¿Uno? Imposible. Literariamente soy muy promiscuo. Hoy puedo decir un título y al cabo de una semana optar por otro. Creo en la voracidad, en la avaricia lectora. Siempre vuelvo a Borges, a Muñoz Molina, a Shakespeare, a Unamuno: es lo máximo que podría decir.

 

[Vía La Opinión de Murcia]

Un pensamiento

  1. Como no podía ser de otra forma, las contestaciones de Rubén Castillo derrochan inteligencia y sentido común. “Que todos somos, tarde o temprano, fracasados sin redención”. Estoy rotundamente de acuerdo con esta aseveración. Creo que el hecho de morir es el mayor fracaso del ser humano.

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