Clara Obligado: “El amor romántico siempre me ha parecido una trampa letal”

Salsa, la obra de Clara Obligado, ha regresado a las librerías gracias a la editorial Entre ambos. Esta escritora de origen argentino y que llegó a España hace cuarenta años relata en su novela una historia en la que las mujeres son las protagonistas. Mujeres jóvenes y mujeres maduras; mujeres que creen en el amor y otras que lo han dejado atrás; mujeres con deseos y con inseguridades. Mujeres, en cualquier caso, que se despiertan cada día luchando por conseguir sus sueños a ritmo de salsa.

Clara Obligado. Foto de Miguel Lizana Barco
Clara Obligado. Foto de Miguel Lizana Barco

Usted nació en Buenos Aires. Al llegar a España, ¿sintió el choque de idiomas que nota Viviana, una de sus protagonistas?

Sí, aunque en teoría hablamos el mismo idioma, recuerdo que no entendía lo que me decían; Pensamos que la emigración dentro de la misma lengua es sencilla, pero supone adaptarse a una serie de matices, tonos y giros semánticos complejos y sin los que la comunicación no es realmente fluida. Este conflicto se ha puesto en evidencia en la película Roma con la decisión poco feliz de subtitular en otro castellano. El conflicto está, existe, y es bueno hablar de ello.

¿Se ha convertido su lengua natal, con sus palabras propias y sus giros, en un idioma clandestino, como le ocurre a ella, que siente que su idioma se irá disolviendo?

Sí. Tengo un idioma íntimo que está ligado con el idioma en el que me expresé a lo largo de mi infancia y gran parte de la juventud. Ese idioma, de alguna manera, ya no existe, porque ha cambiado sin que yo viviera en el territorio, y a la vez el que se habla en la península de alguna manera no me representa. En mi novela hay un fragmento bastante divertido donde una mujer argentina quiere acostarse con un español, y las confusiones son infinitas. Algo así nos pasa a los que cambiamos de territorio.

Este mismo personaje se plantea cuál es su verdadera tierra. ¿Usted considera que pertenece más a Argentina o a España, donde vive desde hace años?

Yo me considero extranjera. Quiero a mi país de origen, como es lógico, y quiero también a mi país de residencia. Ambos son míos, de alguna manera, pero no lo son. Prefiero pensarme extranjera, no del todo de ningún lugar. Esta condición la comparto con muchos seres humanos que hoy tienen que dejar su tierra. Dicho así, parece duro, pero también es, a la larga, una forma de libertad.

¿Brinda con los recuerdos o prefiere dejarlos atrás, como defiende Omara, una de las mujeres de la historia?

Los recuerdos están, nos acompañan. El pasado, por decirlo de alguna manera, siempre es dinámico, lo vamos reinventando. Lo malo es cuando los recuerdos actúan como un ancla, como un lastre. Omara es un personaje que vive en un territorio de sueños, pero que ha sido, también, terriblemente valiente a la hora de enfrentar el presente. Que convierte el pasado en historias. Es una especie de Sherezade que no deja de narrar. Narrar, narrarnos, es una forma de organizar lo que somos, de entender el entorno y de entendernos a nosotros mismos.

En el libro aparece la visión de Europa para los extranjeros y la compara con la visión una vez se ha llegado al continente. ¿Hay diferencia entre cómo veía usted Europa antes de llegar y la percepción que tiene ahora?

Europa, para mi generación, era el continente de la cultura, lo que estudiábamos en la universidad, el referente. Lo veíamos en las imágenes, pero no siempre en su realidad. Una visión idealizada, sin duda, porque Europa es, también, un continente extremadamente violento que ha estado en guerra a lo largo del siglo XIX y mitad del siglo XX. Ahora entiendo que en Argentina, cuando llegaron los grandes contingentes de emigrantes, se hizo un enorme esfuerzo educativo, y esto ayudó muchísimo a la integración. Se invirtió en ellos, y juntos formaron el país. No es lo que sucede en España, donde los emigrantes son mal vistos muchas veces y son el chivo emisario de las políticas neoliberales. Todo emigrante llega con un sueño, cuando no viene expulsado por la violencia. Y llegar es muy duro, porque el sueño nunca se cumple. No considero que España sea un país receptivo, creo que es bastante difícil abrirse camino aquí. De hecho, ningún país es receptivo por naturaleza.

Sus protagonistas juegan a “Qué habría sucedido si…”. ¿Qué habría sucedido si no hubiera venido España?

Sí, esa me parece una gran pregunta. Las múltiples vidas que hemos dejado atrás, aquellas por las que no hemos optado. Somos hijos de la casualidad, pero también de nuestras elecciones. Somos hijos de la historia. Y de nuestro valor y nuestra cobardía. Posiblemente, en mi caso, si no hubiera tenido que venir a España, no hubiera sido escritora. No sería la persona que soy, eso, sin duda. Hubiera tenido que pelear mucho menos.

Salsa Clara Obligado¿Qué habría sucedido si no le hubieran publicado su primer libro?

No lo sé. En realidad mi comienzo fue fácil, porque se produjo con un premio que me dio Esther Tusquets, el Lumen de novela. Fue una gran suerte, lo comprendí más tarde, pero cada libro es una nueva batalla. Ser escritor no es nada fácil. Tal vez lo sea para unos pocos, pero, para la gente que hoy empieza, es un acto de valentía y de arrojo cultural, un salto al vacío. Sin embargo, y lo digo por experiencia, siempre hay un espacio si se insiste lo suficiente.

Marga quiere escribir una novela y reflexiona sobre los libros dirigidos a mujeres y sobre que éstos no están escritos para sacarle al género femenino la piel a tiras. En la literatura ¿se debe hacer una separación entre las historias para mujeres y las destinadas a los hombres?

No hay “deberes” en la literatura, bajo mi punto de vista. Hay un mercado que determina muchas veces, y escribimos dentro de una sociedad machista. Esto hace que este tema sea importante, y no creo que sea muy inteligente soslayarlo. El mercado determina hacia dónde va un libro, determina muchas lecturas, pero también es cierto que todo aquello que se identifica como literatura para mujeres (podríamos incluir enormes novelas como Cumbres borrascosas) se considera de segundo orden. Cumbres borrascosas es una gran novela sobre el mal. Pero como se la lee como “escrita por una mujer”, termina siendo una novela sobre el amor que muchísimos hombres, por sus prejuicios, no han leído. Sin embargo, la literatura claramente dirigida a los hombres se considera “la” literatura, así, sin género. Nosotras somos la anomalía y resulta que sólo tenemos género las mujeres. Las mujeres hemos leído y escrito de todo, y, como dice Grace Paley, “los hombres no nos han devuelto la cortesía”. De todas maneras, creo que tienen que ser los hombres los que respondan a esta pregunta, las mujeres ya lo hemos hecho demasiadas veces y hemos leído a hombres y mujeres por igual, sin prejuicios. Los prejuiciosos, los que hacen esas lecturas sesgadas, son los que tienen que cambiar. En mi novela yo ironizo sobre el tema, porque es un tema que me gusta pensar.

¿Usted para quién escribe?

Para un lector o lectora que se me parece muchísimo, que tiene los mismos códigos, los mismos referentes. Que se ríe de las mismas cosas, que entiende los mismos dolores. O sea, de alguna manera, escribo para mí misma, y soy una lectora muy exigente. Busco que mis textos se comprendan, que sean complejos, pero sencillos de leer, que atrapen. Esa mirada lectora dirige las estructuras, las voces, me obliga a pulir el estilo infinitamente. No escribo para el mercado, eso lo tengo clarísimo; escribo para lectores exigentes, y a la vez busco que mis textos sean accesibles, que se pueda entrar en ellos con facilidad.  Pero ya sabemos que el destino de una obra es siempre impredecible.

Jamaica, al llegar a los cincuenta, dice que ha comprendido qué es la vida, y que ésta es “el sol, las calles, el baile, los amigos, algún amante y poco más”. ¿Es suficiente para ser feliz?

Es suficiente para Jamaica. Yo soy alguien que reflexiona a través de mis personajes, pero no soy ellos. No hago una literatura “selfie”, por decirlo de alguna manera; creo ficciones para entender la realidad, para cuestionarla, que es algo bien diferente. Hay muchos personajes femeninos en mi novela, y de diferentes edades. Cada uno de ellos piensa a través de sus circunstancias. Yo pienso, más bien, que ser feliz tiene que ver con nuestra capacidad para adaptarnos a lo que nos toca vivir. No me gusta la filosofía de la queja, creo que desde allí es muy difícil construir la utopía necesaria para marchar hacia adelante, y que la queja permanente oculta otras cosas. Por supuesto que no hablo de esta especie de autoayuda banal que supone que somos felices porque nos abrazan o porque comemos tal o cual cosa; hablo de una felicidad que supone compromiso y una sintonía con muchas cosas, entre ellas, la naturaleza. Qué solemne que suena, ¿verdad? Hablo de la “esperanza desesperadamente”, como dice el título de un ensayo que me gustó mucho.

¿Cree, como piensa una de sus mujeres, que somos más fuertes sin amor?

Sin el amor romántico, sin duda; siempre me ha parecido una trampa letal, sobre todo para nosotras. En todo caso me parece que las mujeres definimos nuestra forma de vivir, con o sin pareja, con o sin hijos, y que nuestra felicidad no está, como dice la tradición, en el amor, la entrega y la familia, sino en lo que nos dé la gana.

“¿No comprende que ese hombre va a tirar de ella siempre hacia abajo?” es algo que se pregunta un personaje de su libro. ¿Atarnos a una persona nos puede llegar a hundir?

La dependencia amorosa siempre es un pésimo negocio. Es muy difícil escapar de ella porque a las mujeres, en particular, nos han formado para valorar en exceso cosas que están fuera de nosotras mismas. También es, a veces, muy cómoda. Hasta que las cosas se tuercen, claro. Vivir es, de alguna manera, sobrevivir. A mí me lo enseñó el exilio: llegué sola, con nueve kilos de equipaje, sin conocer a nadie, a un país extranjero. Es una situación límite, muy dura pero que, con el paso del tiempo, me ayudó a entender que yo podía conmigo misma incluso en una situación muy hostil. Eso, a nivel metafórico, enseña. En todo caso, si nos decidimos por la pareja, conviene pensarlo muy bien. Bajo mi punto de vista, nunca hay que entregarse del todo, ponerse en manos de otra persona me parece muy imprudente. Entiendo una buena pareja como una construcción permanente. Una noche loca es otra cosa.

Uno de los hombres que aparece en la novela cree que no todos somos dignos de ser amados. ¿Cree que esto es así? ¿Incluso un asesino se merece ese amor?

A veces llamamos amor a cualquier cosa. ¿Todos somos dignos de ser amados? Creo que no, pero no hablo de un asesino. Pienso en  la gente que, tranquilamente, se sienta tras una mesa y, desde su enorme poder económico y en un edificio sin humos contaminantes, determina que va a echar a la calle a un montón de trabajadores, o que va a contaminar un río, o que va a firmar un decreto que no permita a la gente atravesar una frontera cuando su vida corre peligro. O que vende armas a una guerra. Esos son los verdaderos asesinos de nuestra época, los asesinos en serie. ¿Merecen ser amados?

La relación de pareja que se plantea en el libro es una relación en la que hay mucho silencio. ¿Es este silencio a veces necesario para que funcione el amor?

En mi libro hay muchas relaciones de pareja y muy diferentes entre sí, creo que cada una de ellas es buena, a su manera, y mala, a su manera. A mí, en particular, no me gusta la sinceridad absoluta. Primero, porque pienso que no existe, y, segundo, porque puede ser una manera de descargar nuestras culpas hiriendo a los demás. Nunca somos del todo sinceros porque sería demoledor.Yo pondría la piedad, como virtud, o la empatía por encima de la sinceridad.

“La gente suele dejar de ver a los amigos que son testigos de algo que los avergüenza”. ¿Los secretos compartidos pueden acabar con una amistad?

Ay, los secretos compartidos son siempre un peligro. Descargamos en los demás auténticas bombas de relojería, y a veces no nos gusta volver a verlas. Pero la verdadera amistad es algo muy complejo, tanto como el amor. Es un vínculo que a mí me encanta, pero hay que trabajarlo.

El secreto es un tema recurrente en la historia. ¿El ser humano es capaz de vivir sin secretos, sin historias oscuras?

Todos tenemos secretos, más o menos importantes. Cosas que nos avergüenzan, o que nos producen pudor, que no diríamos por no lastimar, historias que nos contaron… El secreto no tiene nada de malo, es una forma de confianza que se deposita en nosotros, o cierta forma de libertad. Además, en una historia, es un motor que lleva adelante el interés del lector. Esconder es seducir, el enigma nos atrae siempre.

¿Puede el rencor unir más que el amor, como dice el narrador?

Los malos sentimientos son, muchas veces, un vínculo mucho más tenaz que los buenos. O son su otra cara, en todo caso. Yo soy una persona que odia y quiere con la misma pasión. Desconfío bastante de la gente que no odia a nadie, es como si todo le diera igual. Decía Marlon Brando, creo, que un hombre sin enemigos es un hombre sin principios. No se puede estar de acuerdo con todo, ni en paz con todo, porque no todo es lo mismo. Yo prefiero los malos sentimientos a la falta de compromiso. Pero es una postura personal.

Habla del amor de madurez como “un amor de primavera en otoño”. ¿Cree posible enamorarse con la misma intensidad en esa etapa de la vida?

El amor, a cualquier edad, es un poco bobo. Nos gusta ver a la gente mayor desposeída de pasiones, pero me temo que no es así. Hay amores para todos los gustos y para todas las edades. En todo caso no sólo es amor el que se relaciona con el período de fecundidad; eso no deja de ser una mirada muy patriarcal y estricta.

¿Por qué se ha decidido a reeditar este libro?

Porque me lo propuso un editor joven y que me cae muy bien, Jesús Casals. Porque creo que los libros tienen que permanecer, y el mío estaba agotado. Porque siempre es una buena noticia que algo que has escrito hace años continúe vigente. Porque me permite contestar a entrevistas como esta.

En Salsa, las protagonistas son mujeres. ¿Qué opina del movimiento feminista actual?

Yo soy feminista desde que tomé conciencia de mí misma como mujer. Lo soy en el sentido de que pienso que la violencia contra las mujeres es un crimen y que es violencia que no haya las mismas oportunidades. Luego podríamos debatir muchísimo, y eso es parte de la riqueza de este movimiento lleno de matices. La buena noticia es que, hoy en día, la mayoría de las mujeres jóvenes, y algunos hombres también, han comprendido que esta lucha es por los derechos humanos. Luego aparecen los movimientos que demonizan las mujeres, pero estas formas de violencia creo que, de alguna manera, ya han perdido la batalla, es difícil volver atrás, aunque no hay que perder la conciencia de lo violento que puede ser el machismo, de lo empecinado e insistente que es.

Un libro que recomiende.

¡Tantos! Voy a recomendar el que estoy leyendo: El nervio óptico, de María Gainza.

Vía La Opinión.

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